Hace
tres años la mayoría de venezolanos votamos por un
cambio.
Aquel anhelo colectivo logró reunir en su momento un conglomerado
he-
terogéneo de hombres y mujeres que representaban diversidad
de sec-
tores y múltiples corrientes de pensamiento. La plataforma
común es-
taba marcada por un rechazo general a la incapacidad y corrupción
de
la clase política enquistada en la estructura del Estado.
El objetivo co-
mún se expresaba en un deseo por concretar reformas radicales,
de
manera pacífica, al sistema institucional de gobierno. Un
ideal de
igualdad -inherente al alma venezolana- motorizó aquel masivo
apoyo
por reivindicar una democracia que trascendiera las fronteras de
lo
político y se manifestara también en lo social y económico.
Hoy, luego de tres años de esperar por la transformación
que au-
guraba la revolución bolivariana, una gigantesca interrogante
flota
como nubarrón oscuro y tormentoso sobre el futuro nacional.
Un
panorama signado por la confrontación política tiñe
de caos todos
los espacios de nuestra vida ciudadana. La incredulidad e incerti-
dumbre ganan terreno frente a los liderazgos confusos del presente
y del pasado.
Y aún así, en medio de esas aguas turbulentas
se materializan nuevas oportunidades para esa sociedad organizada
que hoy, quizás más que nunca, desea un cambio en
democracia. Pero el momento actual exige de nosotros capacidad de
análisis y visión de conjunto. La lectura de estos
36 meses que nos separan de las elecciones de 1998 nos obliga a
mirar la crisis desde diversos escenarios y perspectivas.
Para nosotros, la ecología representa uno de
estos escenarios. De allí surge precisamente nuestra propuesta
editorial: sumar una perspectiva ambiental a la lectura del proceso
de cambios y crisis de gobernabilidad. Y sin embargo, a pesar de
la importancia de la variable ambiental, la mayoría de las
organizaciones ambientalistas se han mantenido al margen de la discusión
política, económica y social que enfrenta a diversos
sectores de la sociedad venezolana.
¿Dónde están, pues, y que piensan
o hacen los grupos conservacionistas, las organizaciones ecologistas
y ambientalistas del país frente a las acciones contundentes
del actual gobierno?, ¿Cuál es su postura frente a
los partidos políticos que lo oponen…? Son acaso los
ecologistas gente de la cuarta o de la quinta?, ¿son patriotas
o realistas?, ¿soberanos u oligarcas?, ¿revolucionarios
o traidores…?
Hay algo seguro. A medida que se acentúan las
contradicciones de este proceso, se acerca el tiempo de las definiciones.
Sería lamentable que el movimiento ambiental no enarbolara
sus respuestas frente a los dilemas con que nos enfrenta el momento.
Obviamente, a los ambientalistas les urge resolver el dilema de
su propia identidad como movimiento social. Solo así podrían
dar las respuestas que la sociedad reclama a fin de integrar la
perspectiva ambiental a las políticas de desarrollo nacional.
Dentro de este escenario –a nuestro modo de ver- la primera
acción en dirección a un posicionamiento coherente
será rechazar el falso dilema que proponen los sectarismos
políticos: “o con conmigo o contra mí”.
El ring de boxeo tiene tres esquinas y en una se encuentra, sola,
la sociedad civil de la cual formamos parte los ambientalistas.
Nadie, repetimos, nadie puede afirmar que en este país
el movimiento ambiental ha coexistido en conchupancia con las cúpulas
podridas de la Cuarta Republica. Muy al contrario. A lo largo de
su evolución los ecologistas venezolanos se han enfrentado
a las políticas del Estado desarrollista -bajo los regimenes
adeco-copeyanos- pugnando por nuevas legislaciones, denunciando
las corruptelas de los altos funcionarios y abogando por el cumplimiento
de la Ley Orgánica y la Ley Penal del Ambiente.
Hoy día, en las actuales circunstancias, el movimiento
ambiental necesita más independencia política que
nunca. Su compromiso político debe estar dirigido a ejercer
presión para el cumplimiento de la leyes ambientales. Como
grupo de presión, su acción política debe sustentarse
en la formulación y promoción de políticas
de Estado cónsonas con los postulados de un desarrollo sustentable.
De allí que para tomar posición frente
a este gobierno y frente a la clase política que dice representarnos
-sean de la cuarta o de la quinta- los ambientalistas tendremos
que plantearnos, obligatoriamente, las interrogantes de siempre
frente a cada gobierno de turno: ¿cuáles son los criterios
que nos permitirán juzgar la sustentabilidad ambiental de
las políticas de desarrollo de la actual administración?,
¿cual es el balance ambiental del actual proceso de cambios?,
¿que tan ecológica es la revolución bolivariana?,
¿en que se diferencia su política ambiental respecto
a la de gobiernos pasados?...
A cada pregunta que activa una neurona inconforme de
la memoria, una respuesta dá la medida aproximada de la distancia
que nos separa de las promesas electorales. Ciertamente, un ejercicio
incomodo e impertinente que nos permite recorrer mentalmente los
últimos meses. Atrás han quedado las maniobras políticas
necesarias para mantener en limbo al decreto 1.850 sobre Imataca.
Para la historia militar quedo la discusión sobre el tendido
eléctrico hacia Brasil. Los epítetos de “ecologistas
traidores” o “ecologistas adecos” forjaron decepciones
entre quienes habían apoyado al único candidato que
hablo de ecología...
Ahí queda eso, por ahora, en el pasado; mientras
el presente le plantea nuevos retos a todos los ambientalistas.
Allí esta -por ejemplo- la nueva constitución: un
instrumento de política ambiental que puede rendir innumerables
beneficios a la política de Estado. Allí están
los anteproyectos de leyes de gestión ambiental que deben
ser discutidos por una Asamblea Nacional casi analfabeta en cuestiones
ecológicas. La Ley de Tierras, conflictiva, llena de imprecisiones
y lagunas, pero con elementos novedosos desde el punto de vista
agro ecológico. Ella nos invita a releer la vieja Ley de
Reforma Agraria para cotejar contenidos en el “espíritu
de las leyes”. Del mismo modo encontramos un conjunto de otras
leyes de reciente promulgación, que tocan de manera directa
el futuro de los recursos naturales, y que son hoy atacadas a mansalva
por grupos e intereses que no representan precisamente la sustentabilidad
agrícola, o pesquera, o urbanística, pero que hacen
coro con una oposición a ultranza donde se mezclan los zorros
y camaleones de las viejas impunidades.
No, ciertamente no podemos caer en trampas de pasión
politiquera.Tampoco será sencillo ubicarse en una perspectiva
ambientalista coherente y libre de prejuicios.
Pero es allí donde un medio de comunicación
puede servir de instrumento para orientar la discusión y
el análisis de nuestra realidad. Es allí donde cobra
fuerza la noción de la información como elemento indispensable
para motorizar la democratización del debate sobre la problemática
ecológica y agroalimentaria del país. Es aquí
donde La Era Ecológica intentará ofrecerles una visión
alternativa, una primera aproximación a esa perspectiva ambiental
que tanto necesitamos. |