Caminos para ir a Venezuela
        Hacia las Raíces del Mal

Jorge A. Carrero M.*

       
 
         
Más que un homenaje con motivo del centenario de su nacimiento, este texto que hoy reproduce La Era Ecológica es el testimonio de la visión aguda de un venezolano que supo enfrentar el negativismo de las tesis que sustentan el determinismo geográfico y racial, para mirar la Venezuela posible y positiva, con toda su carga de biodiversidad natural y cultural.
       
 
 
 
  Esa torpe actitud del venezo-
lano, irrespetuosa, destructora frente a la naturaleza, tiene un sentido suicida, por cuanto es atentatoria contra su propia vida. Se la ha achacado al indio la responsabilidad ancestral de este mal, pero presumo que fuera el colonizador español

quien más influyera en ello, porque el hispano de la colonia como el de hoy es un despreocupado en materia de Conservación.
  En descargo de los habitantes autóctonos de América debemos recordar que si bien usaron métodos irracionales de explotación del campo cuando se trataba de tribus primitivas, cuando se trataba de sociedades organizadas, tal como es el caso del Imperio de los Incas, la cuestión cambia radicalmente, pues allí tuvo cabida una agricultura cuyos principios técnicos son hoy el basamento de la más avanzada concepción del agro.
  Sea uno u otro el origen, es el caso que hasta hoy, el venezolano ha sido un destructor de las fuentes de su existencia, lo cual nos exhibe como seres poco reflexivos, como entes que no han sabido medir el alcance de sus actos; de ahí que alguien dijera que nosotros habíamos adquirido todos los vicios de la civilización sin que antes hubiéramos salido de los matorrales del salvajismo.
  Este crudo y descargado concepto lo leí hace muchos años, cuando era un adolescente. Sin embargo, me impresionó tanto que todavía lo recuerdo como si hubiera sido ayer. En efecto, esa frase se me grabó en el espíritu como un grito doloroso.
  Desde aquella temprana edad -tendría yo 16 años– vivo la angustia de aquel anatema, porque he encontrado que hay algo de cierto en él.
  Y tal vez en uno de los aspectos en que se identifica con la realidad es precisamente en éste de los recursos de la naturaleza, ante los cuales solemos actuar como entes primitivos.
  Para explicarse las características y la magnitud de los males que padecemos, es conducente remontarse por los canales de la historia hasta las raíces mismas de ellos; también es oportuno hacer ese recuento para tratar de encontrarle los remedios correspondientes.
  Es en vista de tal razón que vamos ha proceder a efectuar un vistazo por la historia del país, para tratar de encontrar las propias fuentes del asunto que ahora nos ocupa.
  El afán de encontrar riqueza fácil en los predios de la minería y de la pesquería de perlas, fue el móvil de los expedicionarios que vivieron al Territorio de Venezuela. Esas expediciones no realizaron trabajos de colonización estable; ninguna trajo el ánimo de establecerse de fijo en estas tierras; ninguna tuvo intención de echar las bases para estructurar un país. Todas venían al seco, a buscar riquezas para luego regresar a Europa a gozarlas, durante el tiempo que permanecían aquí lo estaban con espíritu de transitoriedad, urgidas de enriquecerse de cualquier modo, a costo de lo fuera y pese a todos los principios. Muchos de los hombres que emprendían tales empresas morían en ellas; otros, fracasados, se iban a México o al Perú; unos cuantos armados del producto afortunado de sus pillerías tornaban a Europa; algunos, por últimos fracasados y desalentados, se quedaban en Venezuela viviendo pobremente de la explotación de las encomiendas; de algunos labrantíos o de los recién establecidos hatos, de los cuales el producto que entonces tenía más valor era el de las pieles, ya que con estas hacían cordobanes que junto con los lienzos de El Tocuyo y los biscochos fabricados con harina criolla, constituían el grueso del material comerciable en aquellos tiempos; posteriormente se agregaron a esa elemental producción, el añil de Aragua, los jamones de Mérida y el tabaco de Barinas. Por lo general, los españoles que se resignaban a quedarse, se incorporaban en las nuevas bandas de aventureros que llegaban a nuestras costas, pero siempre habían personas que se asentaban definitivamente en algunos de esos poblados que fundaban, más por espíritu de explotación y como punto de partida para nuevas y sistemáticas pesquisas mineras, que como sistema de colonización permanente.
  Así fue el hombre que a nombre de la civilización se estableció en Venezuela.
  Los restantes elementos étnicos constitutivos de nuestro pueblo, esto es, el indio y el negro, pertenecían a razas vencidas, ultrajadas y esclavizadas.
  De este amasijo de razas en cuya fusión hubo un acervo fermento de estado fisiológicos sociales negativos, pudo venirnos ese desamor por el medio, ese vivir a espaldas de la tierra, esa despreocupación a todo en cuanto entraña a tierra venezolana. Vistas las cosas desde este ángulo, encontramos que de allí derivarían muchos males de nuestra sociedad nacional, por lo cual es preciso detener ahí el espíritu analítico para calibrar el hecho en sí, para medir sus proyecciones y para tratar de curar esas llagas seculares que corroen la estructura íntima del alma venezolana.
  La destrucción de los recursos naturales renovables puede tener su génesis en ese rencor que debió poseer aquella trilogía social y su producto el criollo.
  Rencor que pudo ser, en cuanto al español, por sentirse defraudado ante sus aspiraciones de riqueza que le permitieran regresar a Europa cargado de tesoros; en cuanto al indio, habría rencor por todo cuanto perdió en la conquista: estructura social, religión, concepción de la vida, tierras, libertad; en el negro así mismo existiría rencor por el trato cruel recibido de sus amos, por la degradación a que se le sometía, por su África perdida, y por la cal de sus huesos y el zumo de su carne dejado en los barcos negreros y en los potros donde se les aherrojaba como si fuera una piltrafa vil; y en el criollo (blanco, mestizo, mulato o zambo), pudo también haber, si no rencor, al menos desafecto o indiferencia, debido a un simple fenómeno educacional, puesto que sus padres, esto es, los de la trípode ancestral, no amaban al medio.

  A todo este orden de cosas se agrega, todavía en la época contemporánea otro factor que vendría a fortalecer la herencia en cuestión; es el hecho de las nuevas oleadas de gentes aventureras que seducidas por la posibilidad de enriquecimiento rápido, han llegado al país en busca de oro, de diamante y de petróleo.
  Todos esos elementos de garras, de antaño y de hogaño, han condicionado la historia de Venezuela, colocándola bajo el signo de la aventura, de la improvisación y de la inestabilidad, de modo tal que el decantamiento del hilo de la -cultura nacional- ha sido un proceso dificultoso, tardío y a veces espúreo.
  Sin embargo, siempre es posible rectificar, corregir errores y encontrar rutas más acertadas. Para ello es una circunstancia alentadora registrar que la misma historia del país deja constancia de que el pueblo de Venezuela nunca se ha resignado, y antes por el contrario, siempre ha estado dispuesto a sacudirse como un deseo anheloso de encontrar el camino definitivo que lo conduzca a la meta de la plenitud y de la definición rotunda.
  En el empeño de reestructuración nacional que alienta a todo el país deberá ser premisa sustantiva, ésta de ahora y siempre, es decir, la de encontrar la manera de vivir en armonía con la naturaleza.
  Ante todo, se nos ocurre pensar que debemos tratar de borrar, mediante el reconocimiento del fenómeno histórico, esa especie de trauma psíquico dejado en nuestra sociedad por el pecado original de la conquista.
  Luego debemos recapacitar sobre la magnitud de cuanto hemos perdido en materia de recursos naturales renovables, y sobre lo que ese material dilapidado podría ser para las generaciones de hoy y de mañana.
  Después debemos estudiar la manera de ponerle cese a esa enfermedad colectiva, y planificar la acción para mucho tiempo.
  Por último, será cosa de trabajar, de mucho trabajar.

En cuanto al material perdido debemos reconocer que es tan grande como la superficie del país donde el hombre se ha establecido, pues no hay zona del territorio nacional donde tenga asiento la actividad humana en que no tengamos que lamentar una grave pérdida; ni aún se salvan de esa acción destructora los parques nacionales, pese a su estricto régimen, pues siempre ha habido algunos privilegiados, egoístas o ciegos que han podido, a espaldas de la ley, destruir cuanto han deseado.
   Consideremos la región monta-
 

ñosa de país. Veamos en la zona fría donde tiene cabida el cultivo del trigo como el suelo está cubierto de pedruscos y plagado de profundas cárvacas. Más abajo, en la zona de condensación que es donde por excelencia se originan los ríos que fertilizan los campos de sembradíos, veamos como los bosques reguladores del curso de las aguas han sido destruidos. En los valles, observemos como las tierras se enflaquecen a causa de cultivos exhaustivos y de riego ina-propiados; se llenan de maleza y se salinizan.
  Más allá de la montaña, en la llanura abierta, donde están los campos ganaderos y las selvas madereras, el mal tiene las mismas dimensiones de ese Llano, pues abarca desde el pie de monte al Orinoco y desde la frontera colombiana hasta el Atlántico. Si nos aventuramos por los predios Guayaneses donde tiene asiento la minería del hierro, del oro y los diamantes, también encontramos alguna forma de destrucción si no todas a la vez y seguramente otras más, inherente al género de la economía local. Si abordamos el dominio de la fauna, tanto la terrestre como la dulceacuícola y la marina, veremos que van de mal en peor, porque en este campo como en todos los otros, la mayoría de los usufructuarios se acuerdan de la ley para buscar el modo de evadirla o cuando uno de ellos muerde los intereses particulares de otro.
  En los bosque xerófilos del litoral caribe y de allí hasta el corazón de Lara se ha producido una explotación selectivas de plantas madereras y combustibles, y se ha practicado una explotación pecuaria superior a la capacidad alimenticia de los pastizales, todo lo cual ha traído, como consecuencia, una reducción radical del número de especies de la floresta hasta transformarla en meros cardonales o en inútiles tunales, cuando no en zonas desertizadas donde el viento y las aguas se ensañan en la carne desnuda de los suelos.
  En esa inmensa superficie donde tiene efecto la destrucción que acabamos de bosquejar, podríamos vivir con holgura no sólo los 5 millones de habitantes que hoy apenas si logramos sobreponernos a la miseria, sino cuando menos, una cantidad 4 veces mayor, esto es, 20 millones de almas. De modo pues, que no solamente cometemos una torpeza con respecto al reducido monto de nuestros habitantes sino que estamos restándole posibilidades de vida a 15 millones más de seres humanos, y frustrándole a la Nación el derecho de tener una economía y una población pujantes.

  Entre los más calificados desafueros cometidos en la última década en Venezuela, figura el de muchos urbanizadores suburbanos o extraurbanos de la zona metropolitana, quienes, haciendo caso omiso de los intereses colectivos, han pasado por encima de consideraciones de todo orden para sacar el triste partido de unas tantas monedas. Las urbanizaciones a las que me refiero están ubicadas en cerros, en cabeceras de ríos, en hoyas hidrográficas que surten acueductos y campos de cultivos o en colinas inmediatas a la ciudad capitalina, en donde las tierras removidas por los banqueos de cerros son arrastradas hasta las vecinas zonas bajas urbanas, transformando así las calles respectivas en fuentes alternativas de polvaredas y de barrizales.
  La manera de ponerle cese a todo este mal no es, dado lo antiguo, extenso y grave del mismo, fácil en modo alguno. Las fórmulas simplistas adoptadas hasta hoy sólo han producido resultados parciales en el mejor de los casos, y oportunidades hubo de ser contraproducentes. Pero de todas las experiencias parece deducirse que hay algunos renglones sin cuyo concurso no podrá hacerse labor trascendental en el terreno que nos ocupa. Ellos son educación, reforma agraria, crédito para conservación e investigación científica, y por lo demás, que todos los núcleos responsables del país se apresten debidamente a trabajar o colaborar en alguna forma, con entusiasmo y coraje, no sólo en la Semana de la Conservación, sino en el Año de la Conservación que habrá de tener carácter de perennidad.
  La planificación de una campaña de esta envergadura es tarea ardua y compleja. Abarca muy diversos sectores del país que incluyen y ampliamente rebasan el alcance del Despacho de Agricultura, y dado el caso de ser, como lo es el nuestro, un país presidencialista y muy personalista, consideramos necesario que el movimiento comience por la cabeza, esto es, por la propia Presidencia de la República, pues aquí bien lo sabemos, los trabajos en que el Presidente no tiene interés directo y específico, marchan a un ritmo demasiado lento, o francamente, no marchan. Por otra parte, se requiere la acción del Jefe del Ejecutivo porque en esta acción están implicados varios ministerios y otros organismos más, como son la Corporación Venezolana de Fomento; El Instituto Agrario Nacional; los Bancos que abarcan los crédito rural; la rama educativa, no sólo federal sino también estatal, municipal y particular; los terratenientes; los Partidos Políticos y las instituciones de orden cultural y moral.
  Precisamente, el estudiantado, el profesorado en general, y en particular los que se refieren al agro, incluso los profesionales del mismo, deberán abrir los fuegos en esta batalla y mantenerse a la vanguardia de la lucha en todo momento.

  Lo demás será obra del trabajo, de la constancia y de la pasión que lleguemos a desplegar.
  Para terminar queremos advertir que no es mediante críticas destructivas, y peticiones y solicitudes, como podrá echarse a andar esta intrincada maquinaria, sino aportando luces y esfuerzos para el trabajo común. Y quienes vean en esto un campo propicio para sus torvas ambiciones de lucro y para asaltar posiciones, ya estarán mancillando la página limpia de la Conservación.
  Los paladines de la torre de marfil y de los círculos cerrados, mal hacen en sentar sus reales en estos predios, pues si en alguna actividad es necesario el concurso de todos, por modesto que sea, es en esta de la Conservación. Aquí no puede haber puertas cerradas para nadie que venga con ánimo limpio y voluntad pronta, cualquiera sea su concurso, su credo o su color político.

*1902-1984. Ecólogo, docente e investigador, conservacionista y defensor de los recursos naturales en Venezuela.

 

 
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