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Más
que un homenaje con motivo del centenario de su nacimiento, este
texto que hoy reproduce La Era Ecológica es el testimonio
de la visión aguda de un venezolano que supo enfrentar el
negativismo de las tesis que sustentan el determinismo geográfico
y racial, para mirar la Venezuela posible y positiva, con toda su
carga de biodiversidad natural y cultural. |
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Esa
torpe actitud del venezo-
lano, irrespetuosa, destructora frente a la naturaleza, tiene
un sentido suicida, por cuanto es atentatoria contra su propia
vida. Se la ha achacado al indio la responsabilidad ancestral
de este mal, pero presumo que fuera el colonizador español |
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quien más influyera en ello, porque el hispano de la colonia
como el de hoy es un despreocupado en materia de Conservación.
En descargo de los habitantes autóctonos de América
debemos recordar que si bien usaron métodos irracionales
de explotación del campo cuando se trataba de tribus primitivas,
cuando se trataba de sociedades organizadas, tal como es el caso
del Imperio de los Incas, la cuestión cambia radicalmente,
pues allí tuvo cabida una agricultura cuyos principios técnicos
son hoy el basamento de la más avanzada concepción
del agro.
Sea uno u otro el origen, es el caso que hasta hoy,
el venezolano ha sido un destructor de las fuentes de su existencia,
lo cual nos exhibe como seres poco reflexivos, como entes que no
han sabido medir el alcance de sus actos; de ahí que alguien
dijera que nosotros habíamos adquirido todos los vicios de
la civilización sin que antes hubiéramos salido de
los matorrales del salvajismo.
Este crudo y descargado concepto lo leí hace
muchos años, cuando era un adolescente. Sin embargo, me impresionó
tanto que todavía lo recuerdo como si hubiera sido ayer.
En efecto, esa frase se me grabó en el espíritu como
un grito doloroso.
Desde aquella temprana edad -tendría yo 16 años–
vivo la angustia de aquel anatema, porque he encontrado que hay
algo de cierto en él.
Y tal vez en uno de los aspectos en que se identifica
con la realidad es precisamente en éste de los recursos de
la naturaleza, ante los cuales solemos actuar como entes primitivos.
Para explicarse las características y la magnitud
de los males que padecemos, es conducente remontarse por los canales
de la historia hasta las raíces mismas de ellos; también
es oportuno hacer ese recuento para tratar de encontrarle los remedios
correspondientes.
Es en vista de tal razón que vamos ha proceder
a efectuar un vistazo por la historia del país, para tratar
de encontrar las propias fuentes del asunto que ahora nos ocupa.
El afán de encontrar riqueza fácil en
los predios de la minería y de la pesquería de perlas,
fue el móvil de los expedicionarios que vivieron al Territorio
de Venezuela. Esas expediciones no realizaron trabajos de colonización
estable; ninguna trajo el ánimo de establecerse de fijo en
estas tierras; ninguna tuvo intención de echar las bases
para estructurar un país. Todas venían al seco, a
buscar riquezas para luego regresar a Europa a gozarlas, durante
el tiempo que permanecían aquí lo estaban con espíritu
de transitoriedad, urgidas de enriquecerse de cualquier modo, a
costo de lo fuera y pese a todos los principios. Muchos de los hombres
que emprendían tales empresas morían en ellas; otros,
fracasados, se iban a México o al Perú; unos cuantos
armados del producto afortunado de sus pillerías tornaban
a Europa; algunos, por últimos fracasados y desalentados,
se quedaban en Venezuela viviendo pobremente de la explotación
de las encomiendas; de algunos labrantíos o de los recién
establecidos hatos, de los cuales el producto que entonces tenía
más valor era el de las pieles, ya que con estas hacían
cordobanes que junto con los lienzos de El Tocuyo y los biscochos
fabricados con harina criolla, constituían el grueso del
material comerciable en aquellos tiempos; posteriormente se agregaron
a esa elemental producción, el añil de Aragua, los
jamones de Mérida y el tabaco de Barinas. Por lo general,
los españoles que se resignaban a quedarse, se incorporaban
en las nuevas bandas de aventureros que llegaban a nuestras costas,
pero siempre habían personas que se asentaban definitivamente
en algunos de esos poblados que fundaban, más por espíritu
de explotación y como punto de partida para nuevas y sistemáticas
pesquisas mineras, que como sistema de colonización permanente.
Así fue el hombre que a nombre de la civilización
se estableció en Venezuela.
Los restantes elementos étnicos constitutivos
de nuestro pueblo, esto es, el indio y el negro, pertenecían
a razas vencidas, ultrajadas y esclavizadas.
De este amasijo de razas en cuya fusión hubo
un acervo fermento de estado fisiológicos sociales negativos,
pudo venirnos ese desamor por el medio, ese vivir a espaldas de
la tierra, esa despreocupación a todo en cuanto entraña
a tierra venezolana. Vistas las cosas desde este ángulo,
encontramos que de allí derivarían muchos males de
nuestra sociedad nacional, por lo cual es preciso detener ahí
el espíritu analítico para calibrar el hecho en sí,
para medir sus proyecciones y para tratar de curar esas llagas seculares
que corroen la estructura íntima del alma venezolana.
La destrucción de los recursos naturales renovables
puede tener su génesis en ese rencor que debió poseer
aquella trilogía social y su producto el criollo.
Rencor que pudo ser, en cuanto al español, por
sentirse defraudado ante sus aspiraciones de riqueza que le permitieran
regresar a Europa cargado de tesoros; en cuanto al indio, habría
rencor por todo cuanto perdió en la conquista: estructura
social, religión, concepción de la vida, tierras,
libertad; en el negro así mismo existiría rencor por
el trato cruel recibido de sus amos, por la degradación a
que se le sometía, por su África perdida, y por la
cal de sus huesos y el zumo de su carne dejado en los barcos negreros
y en los potros donde se les aherrojaba como si fuera una piltrafa
vil; y en el criollo (blanco, mestizo, mulato o zambo), pudo también
haber, si no rencor, al menos desafecto o indiferencia, debido a
un simple fenómeno educacional, puesto que sus padres, esto
es, los de la trípode ancestral, no amaban al medio.

A todo este orden de cosas se agrega, todavía
en la época contemporánea otro factor que vendría
a fortalecer la herencia en cuestión; es el hecho de las
nuevas oleadas de gentes aventureras que seducidas por la posibilidad
de enriquecimiento rápido, han llegado al país en
busca de oro, de diamante y de petróleo.
Todos esos elementos de garras, de antaño y de
hogaño, han condicionado la historia de Venezuela, colocándola
bajo el signo de la aventura, de la improvisación y de la
inestabilidad, de modo tal que el decantamiento del hilo de la -cultura
nacional- ha sido un proceso dificultoso, tardío y a veces
espúreo.
Sin embargo, siempre es posible rectificar, corregir
errores y encontrar rutas más acertadas. Para ello es una
circunstancia alentadora registrar que la misma historia del país
deja constancia de que el pueblo de Venezuela nunca se ha resignado,
y antes por el contrario, siempre ha estado dispuesto a sacudirse
como un deseo anheloso de encontrar el camino definitivo que lo
conduzca a la meta de la plenitud y de la definición rotunda.
En el empeño de reestructuración nacional
que alienta a todo el país deberá ser premisa sustantiva,
ésta de ahora y siempre, es decir, la de encontrar la manera
de vivir en armonía con la naturaleza.
Ante todo, se nos ocurre pensar que debemos tratar de
borrar, mediante el reconocimiento del fenómeno histórico,
esa especie de trauma psíquico dejado en nuestra sociedad
por el pecado original de la conquista.
Luego debemos recapacitar sobre la magnitud de cuanto
hemos perdido en materia de recursos naturales renovables, y sobre
lo que ese material dilapidado podría ser para las generaciones
de hoy y de mañana.
Después debemos estudiar la manera de ponerle
cese a esa enfermedad colectiva, y planificar la acción para
mucho tiempo.
Por último, será cosa de trabajar, de
mucho trabajar. |
En
cuanto al material perdido debemos reconocer que es tan grande
como la superficie del país donde el hombre se ha establecido,
pues no hay zona del territorio nacional donde tenga asiento
la actividad humana en que no tengamos que lamentar una grave
pérdida; ni aún se salvan de esa acción
destructora los parques nacionales, pese a su estricto régimen,
pues siempre ha habido algunos privilegiados, egoístas
o ciegos que han podido, a espaldas de la ley, destruir cuanto
han deseado.
Consideremos la región monta- |
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ñosa de país. Veamos
en la zona fría donde tiene cabida el cultivo del trigo como
el suelo está cubierto de pedruscos y plagado de profundas
cárvacas. Más abajo, en la zona de condensación
que es donde por excelencia se originan los ríos que fertilizan
los campos de sembradíos, veamos como los bosques reguladores
del curso de las aguas han sido destruidos. En los valles, observemos
como las tierras se enflaquecen a causa de cultivos exhaustivos
y de riego ina-propiados; se llenan de maleza y se salinizan.
Más allá de la montaña, en la llanura
abierta, donde están los campos ganaderos y las selvas madereras,
el mal tiene las mismas dimensiones de ese Llano, pues abarca desde
el pie de monte al Orinoco y desde la frontera colombiana hasta
el Atlántico. Si nos aventuramos por los predios Guayaneses
donde tiene asiento la minería del hierro, del oro y los
diamantes, también encontramos alguna forma de destrucción
si no todas a la vez y seguramente otras más, inherente al
género de la economía local. Si abordamos el dominio
de la fauna, tanto la terrestre como la dulceacuícola y la
marina, veremos que van de mal en peor, porque en este campo como
en todos los otros, la mayoría de los usufructuarios se acuerdan
de la ley para buscar el modo de evadirla o cuando uno de ellos
muerde los intereses particulares de otro.
En los bosque xerófilos del litoral caribe y
de allí hasta el corazón de Lara se ha producido una
explotación selectivas de plantas madereras y combustibles,
y se ha practicado una explotación pecuaria superior a la
capacidad alimenticia de los pastizales, todo lo cual ha traído,
como consecuencia, una reducción radical del número
de especies de la floresta hasta transformarla en meros cardonales
o en inútiles tunales, cuando no en zonas desertizadas donde
el viento y las aguas se ensañan en la carne desnuda de los
suelos.
En esa inmensa superficie donde tiene efecto la destrucción
que acabamos de bosquejar, podríamos vivir con holgura no
sólo los 5 millones de habitantes que hoy apenas si logramos
sobreponernos a la miseria, sino cuando menos, una cantidad 4 veces
mayor, esto es, 20 millones de almas. De modo pues, que no solamente
cometemos una torpeza con respecto al reducido monto de nuestros
habitantes sino que estamos restándole posibilidades de vida
a 15 millones más de seres humanos, y frustrándole
a la Nación el derecho de tener una economía y una
población pujantes.
Entre los más calificados desafueros cometidos
en la última década en Venezuela, figura el de muchos
urbanizadores suburbanos o extraurbanos de la zona metropolitana,
quienes, haciendo caso omiso de los intereses colectivos, han pasado
por encima de consideraciones de todo orden para sacar el triste
partido de unas tantas monedas. Las urbanizaciones a las que me
refiero están ubicadas en cerros, en cabeceras de ríos,
en hoyas hidrográficas que surten acueductos y campos de
cultivos o en colinas inmediatas a la ciudad capitalina, en donde
las tierras removidas por los banqueos de cerros son arrastradas
hasta las vecinas zonas bajas urbanas, transformando así
las calles respectivas en fuentes alternativas de polvaredas y de
barrizales.
La manera de ponerle cese a todo este mal no es, dado
lo antiguo, extenso y grave del mismo, fácil en modo alguno.
Las fórmulas simplistas adoptadas hasta hoy sólo han
producido resultados parciales en el mejor de los casos, y oportunidades
hubo de ser contraproducentes. Pero de todas las experiencias parece
deducirse que hay algunos renglones sin cuyo concurso no podrá
hacerse labor trascendental en el terreno que nos ocupa. Ellos son
educación, reforma agraria, crédito para conservación
e investigación científica, y por lo demás,
que todos los núcleos responsables del país se apresten
debidamente a trabajar o colaborar en alguna forma, con entusiasmo
y coraje, no sólo en la Semana de la Conservación,
sino en el Año de la Conservación que habrá
de tener carácter de perennidad.
La planificación de una campaña de esta
envergadura es tarea ardua y compleja. Abarca muy diversos sectores
del país que incluyen y ampliamente rebasan el alcance del
Despacho de Agricultura, y dado el caso de ser, como lo es el nuestro,
un país presidencialista y muy personalista, consideramos
necesario que el movimiento comience por la cabeza, esto es, por
la propia Presidencia de la República, pues aquí bien
lo sabemos, los trabajos en que el Presidente no tiene interés
directo y específico, marchan a un ritmo demasiado lento,
o francamente, no marchan. Por otra parte, se requiere la acción
del Jefe del Ejecutivo porque en esta acción están
implicados varios ministerios y otros organismos más, como
son la Corporación Venezolana de Fomento; El Instituto Agrario
Nacional; los Bancos que abarcan los crédito rural; la rama
educativa, no sólo federal sino también estatal, municipal
y particular; los terratenientes; los Partidos Políticos
y las instituciones de orden cultural y moral.
Precisamente, el estudiantado, el profesorado en general,
y en particular los que se refieren al agro, incluso los profesionales
del mismo, deberán abrir los fuegos en esta batalla y mantenerse
a la vanguardia de la lucha en todo momento. |
Lo
demás será obra del trabajo, de la constancia
y de la pasión que lleguemos a desplegar.
Para terminar queremos advertir que no es mediante
críticas destructivas, y peticiones y solicitudes,
como podrá echarse a andar esta intrincada maquinaria,
sino aportando luces y esfuerzos para el trabajo común.
Y quienes vean en esto un campo propicio para sus torvas ambiciones
de lucro y para asaltar posiciones, ya estarán mancillando
la página limpia de la Conservación.
Los paladines de la torre de marfil y de los círculos
cerrados, mal hacen en sentar sus reales en estos predios,
pues si en alguna actividad es necesario el concurso de todos,
por modesto que sea, es en esta de la Conservación.
Aquí no puede haber puertas cerradas para nadie que
venga con ánimo limpio y voluntad pronta, cualquiera
sea su concurso, su credo o su color político.
*1902-1984.
Ecólogo, docente e investigador, conservacionista y
defensor de los recursos naturales en Venezuela. |
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