entonces como el mal de la vaca loca, porque el animal afectado
iba perdiendo progresivamente su capacidad locomotora y era presa
de un agudo nerviosismo.
La tragedia debería servir como advertencia,
o, al menos, como una lección para el futuro. En 1986 se
registró el primer caso de Encefalopatía Espongiforme
Bovina (EEB) en Gran Bretaña, conocido entonces como el mal
de la vaca loca, porque el animal afectado iba perdiendo progresivamente
su capacidad locomotora y era presa de un agudo nerviosismo. Luego
moría. Entonces, se sabía muy poco sobre esa enfermedad:
se desconocía el agente infeccioso y su comportamiento, así
como la posibilidad de que la enfermedad se transmitiera a los humanos.
En realidad, se contaba con pocas pistas al respecto. Se sabía
que una enfermedad parecida, el scrapie o tembladera, había
afectado a los rebaños de ovinos ingleses hacía más
de 200 años. Un antropólogo se había, por su
parte, referido a una enfermedad que afectaba a los indígenas
del grupo de los Foré, de las tierras altas de Nueva Guinea.
Se traba del Kuru o enfermedad de la risa, porque las personas afectadas
por ese mal reían hasta morir. Parecía que reían.
Pero, en realidad, las víctimas perdían el control
de su sistema nervioso y morían. Pasarían sin embargo
muchos años para se establecieran las vinculaciones entre
esos males y se comenzara a ver claro en el asunto. Los investigadores
encontraron que los indígenas afectados eran las mujeres
y las niñas, que se encargaban de los sitios funerarios de
los familiares muertos. En tales prácticas, ellas comían
parte del cerebelo del pariente fallecido, incurriendo en canibalismo.
Prusiner, otro investigador, más tarde Premio Nobel de Medicina,
descubrió que la enfermedad no era transmitida por un virus
o una bacteria, sino por una proteína que llamó "prión".
Ahora resultaba más fácil armar las piezas del rompecabezas,
para asociar el mal de las vacas locas o EEB a las enfermedad de
Creutzfeldt - Jakob y a otras encefalopatías que afectan
a los humanos.
Todas esas enfermedades tienen un punto en común:
se manifiestan, sin ningún síntoma, tras un largo
período de incubación y son mortales. En el ser humano,
los estragos son muy severos, tanto en su fase psíquica (modificación
del comportamiento y de la personalidad, y trastornos de la memoria)
como en su fase orgánica (postración, demencia, diestesia).
El mal de la Vaca Loca viene como consecuencia de la práctica
de alimentar al ganado bovino con harinas elaboradas con carne y
huesos molidos y otros despojos de animales, tanto de bovinos como
de ovinos, algunos de ellos contaminados. Al bovino la enfermedad
se transmitía a través de las harinas animales contaminados,
y del bovino al hombre por vía oral, por ingestión
de carne. Al descubrirse la raíz del mal se tomaron medidas
de control sanitario, pero ya era tarde, porque el período
en que se incuba la enfermedad es muy largo y puede ser superior
a los diez años. Se prohibió, desde 1988, el uso de
harinas cárnicas para alimentar a los rumiantes; se realizan
tests de detección de la enfermedad en animales mayores de
30 meses; se retiran los materiales específicos de riesgo
(cráneo, incluido el encéfalo y los ojos; el intestino
completo, etc.). El mal ya estaba hecho: se había eliminado
millares de reses, se había gastado mucho dinero en el control
de la enfermedad (aún no definitivamente controlada) y se
había sembrado la desconfianza en el consumidor con respecto
a sus alimentos. Y todo por la falta de control sanitario de parte
de los organismos públicos y por esa insaciable sed de enriquecimiento
de algunos productores a costo del sufrimiento de los demás,
no por maldad sino por ignorancia al modificar las leyes de la naturaleza,
en busca de un mayor beneficio económico en un plazo más
corto. Pero la tragedia debería habernos servido de advertencia.
* Prof. de Economía
de la ULA. Investigador y escritor sobre temas agroalimentarios
|