Los
Parques Nacionales
como instrumento conservacionista fundamental
El concepto de la conservación de la naturaleza,
puede ser visto como un acto de la naturaleza misma. La especie
humana, dominadora y dueña del destino de los demás
seres con los que compartimos el planeta, decide conceder a otras
especies la oportunidad de continuar existiendo, en sitios reducidos,
en lo que se convertiría en un muestrario mundial de ecosistemas.
Probablemente, el motivo de la creación del
primer Parque Nacional en Estados Unidos, a finales del siglo
XIX, se debió a la preocupación por la desaparición
de las áreas silvestres. Seguramente, un hecho ya consumado
en muchos países del mundo para ese momento.
El establecimiento progresivo de parques nacionales
en la mayoría de los países, estuvo acompañado
por otras doctrinas “científicas” relacionadas
con el aprovechamiento de la naturaleza; la del desarrollismo
rural, en la cual habría que alcanzar el Uso Potencial
de las tierras mediante la ocupación total del territorio;
a la manera de la realidad rural de los lugares donde se proponía
el método, es decir, en el Reino Unido y en los Estados
Unidos de América; la restauración de la naturaleza,
luego de la intervención humana, por medio de la “sucesión
ecológica”, se presentó como sistema de seguridad
natural y espontáneo que garantiza la recuperación
de lo intervenido.
La creación de los sistemas de parques nacionales,
por otra parte, ha sido interpretada como obligación cumplida,
cuando un país alcanza la cuota recomendada mundialmente,
en cuanto a la proporción de las áreas silvestres
nacionales, así, la aplicación de las doctrinas
y justificaciones anteriores, sirvieron para facilitar y acelerar
la destrucción del resto de las áreas boscosas “no
protegidas”.
Desmontando
mitos forestales
El parapeto científico que sustenta la idea
de que los bosques son un recurso natural renovable, se desmontó
con la presentación de los resultados del primer esfuerzo
de comprobación de la teoría de la sucesión
ecológica, realizado en las selvas tropicales húmedas
de Centroamérica por el equipo mexicano del Dr. Gómez-Pompa
en 1971. Los resultados demostraban la incapacidad de las especies
de árboles del bosque original, para recolonizar los espacios
intervenidos.
Dos décadas mas tarde, el Dr. Christopher Uhl,
corroboró estos resultados luego de un intenso y extenso
programa de trabajo en la Amazonía venezolana y brasileña.
Esta vez, sus experimentos y observaciones detallaron en la serie
de limitaciones y cambios que limitan el regreso espontáneo
del bosque y su totalidad especies, luego de un período
de quemas recurrentes de vegetación.
Los resultados de estos estudios presentan otra historia
sobre el destino de las áreas silvestres perdidas, en la
que los bosques nativos originales no se restaurarían,
al menos en la escala humana de apreciación del tiempo
en siglos. Según esta apreciación, los bosques nativos
-tal como los conocemos hoy en día- son los últimos
remanentes de una cobertura boscosa de existencia continuada,
que se mantuvo durante los cambios climáticos observados
en el planeta en los últimos 2 millones de años,
cuando se alternaron períodos fríos con períodos
cálidos, como el que actualmente vivimos. La transición
demoró entre 2.000 a 4.000 años entre un período
climático y el siguiente.
¿Cuánto
conservar o cuánto más sacrificar?
Una serie de argumentos económicos y científicos
se unen recientemente a la ética de la conservación
de las otras especies que nos acompañan en este experimento
evolutivo del planeta Tierra. Entre estos se encuentr la eminente
alarma de extinción de las maderas finas extraídas
en bosques tropicales.
Por esta razón, los países consumidores,
es decir los países desarrollados, comienzan a condicionar
la compra de la madera a que esta provenga de bosques sometidos
a planes de manejo de impacto reducido.
La industria química y médica, recorre
las áreas silvestres en busca de productos bioquímicos
para innumerables aplicaciones, que son manipuladas con las técnicas
de la ingeniería genética y otras biotecnologías.
Las áreas mas apropiadas para la búsqueda de genes
y productos son los bosques tropicales húmedos poco intervenidos,
que contienen tal número de especies que es necesario denominarlos
bosques con megabiodiversidad.
La industria de mayor crecimiento en las dos últimas
décadas en el medio rural y silvestre, es el turismo, en
sus variantes de turismo de naturaleza, de aventura, de culturas
nativas, de pesca deportiva, entre otros. La prestación
de servicios a los turistas, ocupa un gran número de personas,
y su impacto ambiental es previsible y técnicamente sencillo
de minimizar, su materia prima: áreas silvestres y paisajes
naturales, con o sin habitantes nativos.
Es indudable el beneficio obtenido por países
que se han decidido por la opción de mantener su biodiversidad
restante y promover el equipamiento para la operación turística.
Tal es el caso de Costa Rica, país que actualmente supera
la apreciable cantidad de 2 millones de turistas por año
en sus minúsculas reservas de áreas silvestres sobrevivientes,
luego de rectificar un desastroso pasado reciente de deforestaciones
de bosques nativos, con fines de ampliar la frontera agrícola
para el pastoreo extensivo de ganado.
Ante este escenario de pérdida irreversible
de los bosques de muy alta y mega biodiversidad como los existentes
en el trópico americano, ante los muy escasos beneficios
de los usos alternativos como la ganadería extensiva, pero
sobre todo ante las pérdidas en potencial de aprovechamiento
a largo plazo de los bosques, las especies, los genes y los productos
naturales, resulta injustificable, irreflexivo e irresponsable
continuar permitiendo o mucho peor aún continuar promoviendo
la deforestación de los bosques restantes, dentro y fuera
de los sistemas de parques nacionales.
Es evidente e indudable el riesgo de pérdida
definitiva de la diversidad de seres vivos contenidos en las áreas
silvestres no protegidas por lo tanto no se puede aceptar el planteamiento
de determinar cual es la proporción a conservar en cada
país; porque en realidad lo que estamos decidiendo es cuanto
más sacrificar, ante el hecho de que la extinción
es para siempre.
El
caso venezolano y la génesis de áreas protegidas
Venezuela se incorpora a la iniciativa de crear parques
nacionales en 1937. En el país se habían mantenido
áreas silvestres boscosas en la mayoría de sus climas
y paisajes a lo largo de un período histórico donde
predominó un uso rural del territorio y pequeñas
ciudades. Con excepción de los valles fértiles costeros
y de montaña -ocupados desde el período prehispánico
por agricultores indígenas- y los sectores semiáridos
-arrasados por el pastoreo de caprinos y el saque de leña
durante los tres últimos siglos- la mayor parte del territorio
venezolano había sufrido pocos impactos forestales. No
será sino hasta el desarrollo de la industria petrolera
-que impulsa la industrialización y el crecimiento del
Estado- que se vacía el campo venezolano y crecen rápidamente
las ciudades. En este contexto crece el número de nuevos
parques nacionales, y otras figuras de manejo de Recursos Naturales
como las Reservas Forestales.
La temprana creación del Ministerio del Ambiente
y los Recursos Naturales Renovables en 1976, llevó a la
elaboración de un plan estratégico ambiental nacional
que desarrolló una serie coordinada de trabajos de inventario,
evaluación y zonificación, para culminar con un
plan nacional de Ordenación Territorial. Entre los resultados
del plan nacional se crea el Instituto Nacional de Parques, el
cual muy acertadamente logró la ampliación y diversificación
del sistema nacional a todas las bio-regiones reconocidas en el
país.
El MARNR e INPARQUES, induda-blemente se destacaron
por su consistencia y continuidad, se adelantaron en una década
al menos, a las recomendaciones y lineamientos emitidos por organizaciones
internacionales respecto a la gestión de los recursos naturales.
De hecho, cuando en 1992 se celebró el II Congreso Mundial
de Parques Nacionales en Caracas, el sistema de parques nacionales
venezolano incluía ya, áreas más extensas
y diversas que lo planteado como meta mundial.
El proceso de ordenación territorial realizado
por el MARNR, fue implementado territorialmente por medio de la
creación de figuras jurídicas que controlan el manejo
como parques nacionales, reservas forestales, lotes boscosos,
reservas hidrológicas, entre otras; pero aún así,
dejó fuera de toda reglamentación un aproximado
de 25 millones de hectáreas de bosques, para finales de
1980 en todo el territorio nacional.
Los
bosques en el momento actual
Para el momento actual, puede destacarse la paralización
del crecimiento del sistema de parques nacionales y monumentos
naturales, con la justificación de no poder continuar multiplicando
el número de guarda parques; en realidad, el problema es
la impunidad con la que se realizan delitos ambientales sin sanción,
bajo la protección de factores político-judicial-
militar que se turnan en el control del medio rural con cada nuevo
partido de gobierno.
Otro hecho a destacar como un grotesco retroceso ambiental
es la decisión de sacrificar los últimos bosques
de las reservas forestales de Caparo y Ticoporo que se encontraban
bajo planes de manejo elaborados por el MARNR en los llanos occidentales
en una rapiña populista denominada “Manejo Comunitario
del Bosque” elaborada por el nuevo Ministerio del Ambiente
y los Recursos Naturales, MARN, que asignó, lotes del bosque
virgen, el bosque manejado y hasta las plantaciones forestales,
a pobladores de ciudades vecinas, quienes inmediatamente enviaron
a “cuidadores” a cada porción de 200 hectáreas
de bosque nacional.
Paralelamente, durante el verano de 2003 ardieron
todos los remanentes del exuberante Bosque Muy Alto de los Llanos
Occidentales con toda su fauna, últimos reductos del bosque
que originalmente ocupó los llanos húmedos occidentales
de Venezuela y llanos orientales de Colombia, inundables, por
demás y donde toda inversión se perderá en
crecidas recurrentes.
Entre los lotes asignados a algún incauto,
está el conjunto arqueológico del Cerro de Los Indios,
consistente en un conjunto de 4 pirámides de tierra, la
mayor con mas de 25 metros y que sobrepasa el bosque alrededor,
rodeadas de un sistema de camellones o vías elevadas por
encima del nivel de las aguas.
Una destrucción mas generalizada, esta vez
con la anuencia del MARNR la sufrieron los bosques de la planicie
del Sur del Lago de Maracaibo, donde en 25 años fueron
quemados -sin aprovechar siquiera la madera- las 30 millones de
hectáreas de bosque de planicie, que existieron originalmente.
No se tuvo la previsión de crear siquiera una hectárea
de parque nacional o monumento nacional que atestiguase la existencia
de un bosque magnífico, que alojó árboles
con un promedio de altura superior a los 45 metros. En este caso,
las perdidas de especies son incalculables pues no se estudió,
no se conservó, como si esos inmensos espacios naturales
no mereciesen el mismo tratamiento o el mismo respeto que reciben
los parques nacionales.
Lamentablemente, el caso de la pérdida de biodiversidad
y de la destrucción del patrimonio natural, genético
y paisajístico de inmensas áreas boscosas como las
mencionadas, señalan hacia un retroceso y abandono del
plan estratégico nacional, que desanda el camino ambiental
recorrido por Venezuela y desmonta el ordenamiento del territorio
del cual nuestro país alguna vez fue pionero a nivel mundial.
* Geógrafo
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