La suma de la
titánica contranaturaleza está a la vista. Las aguas
dulces, símbolos del amor, escasean en el mundo. El pequeño
río Barquisimeto, llamado el Turbio, ahora es un fantasma
o un espanto. Es el río ancestral y vena de sustentación
de un histórico valle de Venezuela. Las imágenes soñadoras
que ha inspirado a poetas, pintores, músicos, coreógrafos,
lo son no porque trasuntaron sus primores de ayer o su horror de
hoy al paso por la ciudad de los crepúsculos, sino porque
revelaron el efluvio creador unigénito del río que
es un adagio de oro.
Nace en las montañas de Cubiro, fecunda
la aldea de San Miguel de Quibor, en cuyas serranías el legendario
Hermano Nectario María desenterró, reconstruyéndolo,
un megaterio, rodea tierras volcánicas, baja a Barquisimeto,
dándole nombre al espacioso valle agrícola habitado
en tiempos aborígenes por una veintena de poblados kaketíos,
sembrados de maizales y yucales. Hoy predominan en el valle del
Turbio los cañamelares. El welser alemán Federman,
el primer europeo que lo vio crecido lo llamó “ gran
río “. El aventurero Florentino Galeotto Cey, en plena
conquista española, contempló en sus riberas una constelación
de princesas hermosísimas, probablemente de la misma estirpe
que las bellas damas del valle de Bararida, en el rumbo hacia el
Yaracuy. La religión del reino de Manaure, jefe caketío,
las ofrecía a las cenicientas aguas.
Territorio de églogas ecológicas,
de dueños protectores del Reino, espacio de imágenes
afloradas en la tradición ágrafa o escrita de la crónica,
en la pintura de la llamada Escuela Larense de Paisaje, Rafael Monasterios,
Arístides Arenas..., en la música melodiosa del romanticismo
barquisimetano, o en los golpes recios y ebrios de los rapsodas
del cocuy y del chimó.
Región de historias no pocas veces
dolorosas a partir de la fundación del primer Barquisimeto
Hispano en Buría (1552), antiguo paso etérico de los
muertos al trasmundo.
Tras la aventura y el martirio del Negro
Miguel y el cierre al maravilloso de las minas de oro, sobrevino
la tragedia de Aguirre el Tirano, aquel que sacrificaría
a Elvira, su hija. No entró Aguirre al panteón de
Sorte, la montaña mágica, física y etérica
que hizo puente con Buría: su cabeza corre vuelta bola de
fuego a lo largo del Turbio. Parece mentira pero se han organizado
serias exploraciones en búsqueda de un tesoro del Tirano,
más se ha oído decir que tal tesoro no es otro que
el mismo valle.
Escenario mítico centrado en el culto
de la Gran Madre, la transcultural María Lionza, reina de
las cosechas. Aquí y allá, como también en
el resto de Lara, hacia sus arideces se habla de aquel trasmundo
a donde vuelan las almas. Fue en Barquisimeto, nos decía
Gilberto Antolínez, en donde oí hablar del hijo de
María Lionza, el Niño de Oro. La reina de la Danza
de las Turas es la misma reina ancestral, devenida, expresión
coreográfica serpentina al pie de un árbol de la vida,
imagen materna en la bailanza mágica entre los descendientes
ayamanes, hermanos de caketíos y gayones, en una común
mitología del maíz.
Silenciosa o torrencial corriente surcada
todavía, antes de contaminarse en Barquisimeto, por varias
especies de peces, sardinas, cascarrones, bagres. En las zonas altas
sobrevive el Oso Frontino Salvaje, raptador de doncellas, y la famosa
Danta, cabalgadura de la Reina. Por aquí vuela el Cardenalito,
rojo y negro, ave heráldica y olímpica, y corre en
la fábula, como dice Antolínez, el venado Filosófico,
el ciervo Cantalicio, marido de la Madre.
Entre entrecruzadas quebradas y ríos
negros, tintos, claros y turbios de piedras azules, florece la Turiara,
excelsa panacea, conocida también como Don Diego, Prodigiosa,
Libertadora, Colombiana. Está asociada a un oráculo
extraviado en la zona de las Tres Potencias, Lara, Falcón
y Yaracuy. Y nace aquí el Barikí, que, de acuerdo
a Renato Agagliate es el verdadero origen de la palabra Barquisimeto,
especie tintorea, vigorizante rojo a la hora del amor o de la guerra,
identificado con el Bejuco Mulato, de Pittier. Unida la expresión
Barikí a la palabra Simetu ( útero, mujer, chamana,
dulce, bien, vigor), el nombre de la ciudad viene a reiterar un
gran complejo materno prehispánico que en verdad se extiende
continentalmente. Más allá de Lara el Turbio es el
río Cojedes Caimanero, en dirección al Portuguesa
hasta el Orinoco rumbo al Océano Atlántico.
He aquí, en compendio, la mito historia
de un río, su valle y sus pueblos. Sigámoslo ahora
a través de una síntesis de poemas a él volcados,
lo que constituiría el principio de una serie de recitales
al lado del río, si fuera posible de todos los ríos,
a donde lleváramos, como diría Rafael Michelena Fortoul,
y recorriéramos en cada uno de ellos su antología
creciente, el Árbol Fluvial.
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Poeta, mago y fabulador de imágenes.
Crebar Albores, El Milagro de Pablera
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