Pretender un argumento
que explique unilateralmente la naturaleza del conflicto en el cual
estamos sumergidos los hijos de Bolívar, resultaría
no solo ingenuo sino hasta peligroso. Cada día parecen surgir
nuevos elementos y factores que van a sumarse a ese espeso caldo
donde se cocina la política venezolana. A los análisis
tradicionales que explican el conflicto a partir de la realidad
de la pobreza, la ignorancia y la injusticia, se les suman interpretaciones
sobre los efectos de la economía petrolera, la geopolítica
y la globalización. A los argumentos que señalan como
responsables de la crisis a los partidos políticos, la corrupción
y la democracia representativa, deben agregársele ahora el
militarismo, el autoritarismo y hegemonía mediática.
A la consabida diatriba entre mercado y Estado se le anexan ahora
odios raciales, estigmas de clase, opios religiosos y una colección
de etiquetas ideológicas, reales o inventadas, dentro de
una atmósfera de moda “retro” que reedita el
cancionero revolucionario de los años sesenta y le canta
a los fantasmas del siglo antepasado.
Este escenario enredado, ruidoso y complicado, parece
situarse más allá del campo de estudio de las ciencias
políticas tradicionales. No se limita al problema de las
formas de gobierno, al papel del Estado y los partidos, al texto
constitucional. No. Nuestra “comedia humana” política
parece alimentarse de fuerzas que emanan de un inconsciente colectivo.
Pareciera que buena parte de las energías en pugna no provienen
de un conflicto entre fuerzas racionales, sino lo contrario. Asistimos
a un conflicto donde los liderazgos extremos de cada bando, incitan
a la masa popular, exacerbando odios y pasiones. Presenciamos un
uso deformado y aberrante del lenguaje. Nuestros máximos
líderes vomitan su imaginería maniquea buscando penetrar
nuestro inconsciente, agitar nuestros miedos y odios para despertar
las fuerzas elementales que yacen en la oscuridad de las almas de
todos los pueblos y naciones.
Esta farsa, que presentiamos día a día
en vivo y en directo, a escala nacional, tiene -por supuesto sus
grandes responsables. Guste o disgute, las virtudes y los vicios
que adornan al actual régimen político se revelan
como herencia de una genética criolla del poder. Es innegable
que el actual “estado de cosas” es producto de gobiernos
anteriores. La partida de nacimiento de nuestro comandante en jefe
está asentada en el registro parroquial de la política
venezolana. Allí consta con toda claridad la identidad del
padre y de la madre de la criatura: Acción Democrática
y el partido social cristiano, COPEI. Son ellos, pues, los primeros
responsables de la vida nacional que hoy disfrutamos. Por eso es
fácil entender y compartir el sentimiento de una gran parte
de la población que exclama con vehemencia:
“ ! No volverán…!”
Pero, como en un remedo cruel de leyes termodinámicas,
observamos que la intransigencia, ceguera y corrupción que
distinguieron a la clase política de la cuarta república
no se destruyeron sino que se transformaron en múltiples
variantes de una pseudo izquierda plena de contradicciones, tanto
en su escueto planteamiento teórico como en su praxis de
gobierno. Es, pues la materialización de la quintaesencia
del populismo radical, de la demagogia camaleónica que adapta
su verbo a los vaivenes de la supervivencia política, sin
importarle las consecuencias que genera sobre los ciudadanos la
acumulación de un discurso, que se alimenta intencionadamente
de las emociones de un pueblo humillado y frustrado en sus aspiraciones
más elementales.
Es necesario aceptar que nuestra crisis se expresa,
sobre todo, a través del conflicto entre las dos Venezuelas
que conviven en un solo territorio. Si para principios de la década
de los ochenta, la población marginal alcanzaba un 20%, veinte
años más tarde la cifra se había invertido.
Así, paralela a la población de clase media, en constante
descenso y temerosa de perder su nivel profesional, coexiste un
sector marginal de población creciente, signada por la incertidumbre
y la desesperanza.
¿Cómo puede tener esperanzas ese colectivo
marginalizado que vivió la experiencia pseudo democrática
de los últimos gobiernos, desde CAP uno hasta Caldera dos?
¿Sobre cuales bases ideológicas y programáticas
pretenden retomar el poder los antiguos partidos del status?, ¿Es
que acaso el liderazgo joven de Acción Democrática
y COPEI ha desterrado de su seno a la rémora corrupta que
condujo al país por el despeñadero?
Conviene recordar que en 1998 los venezolanos votamos
por un cambio radical en la política. Más del 80 %
de los votantes apoyamos una coyuntura que tenía nombre y
apellido, pero no votamos por un apellido sino por una necesidad
de transformación. En menos de cuatro años el apellido
se apropia del proyecto de cambio democrático. La desviación
del proyecto original se produce cuando algunos sectores terminan
por identificar al proyecto de cambio democrático con la
personalidad del líder popular. Pero el cesarismo democrático
encuentra sus limitaciones en la propia personalidad del liderazgo.
Así llegamos a la actual situación donde la aceptación
o rechazo al líder termina siendo más importante que
el proyecto original de cambio democrático. Y es precisamente
en esta confusión donde pretenden colarse nuevamente los
liderazgos corruptos e incapaces del pasado. Y es precisamente en
ese temor –expresado en rechazo al pasado- donde se sostiene
el argumento de los liderazgos incapaces y autoritarios del presente.
Cualesquiera que sean las respuestas a estas contradicciones,
parece poco probable que elecciones o decretos logren acallar estas
fuerzas que han despertado con un reclamo antiguo y profundo. Por
una parte están las voces de un colectivo marginado que pide
y exige ser incorporado en términos igualitarios a la sociedad
de las oportunidades. Por la otra, está un colectivo heterogéneo,
una sociedad igualmente insastifecha que rechaza el autoritarismo
y puja por un nuevo modelo participativo de democracia.
Irónicamente, el pueblo venezolano -a pesar de
estar hermanado como pocos, gracias a su mestizaje racial y cultural-
se encuentra hoy dividido por un liderazgo que no lo representa
a cabalidad. Será necesario retomar el camino que nos unió
como sociedad en 1998, para que, trabajando por un cambio radical
en democracia, nos volvamos a encontrar en una sola Venezuela. Mientras
tanto, esperamos por los verdaderos líderes -sean de la cuarta,
de la quinta o de la sexta- para que se cumple el último
de los sueños de Bolívar: “que cesen los partidos
y se consolide la unión”. |