Los bosques, ¿cuánto conservar o cuánto más sacrificar?
     
La política forestal
más allá de los parques nacionales
 
Cuando el destino ambiental de un país se define fuera de sus áreas protegidas
     
Silvino Reyes Malavé*
Los parques nacionales y áreas protegidas no bastan. Si realmente queremos preservar los bosques tropicales venezolanos debemos dirigir la mirada hacia 25 millones de hectáreas que conforman los patrimonios forestales de la nación y cuya protección se encuentra hoy signada por la incertidumbre.
     

Los Parques Nacionales
como instrumento conservacionista fundamental


  El concepto de la conservación de la naturaleza, puede ser visto como un acto de la naturaleza misma. La especie humana, dominadora y dueña del destino de los demás seres con los que compartimos el planeta, decide conceder a otras especies la oportunidad de continuar existiendo, en sitios reducidos, en lo que se convertiría en un muestrario mundial de ecosistemas.
  Probablemente, el motivo de la creación del primer Parque Nacional en Estados Unidos, a finales del siglo XIX, se debió a la preocupación por la desaparición de las áreas silvestres. Seguramente, un hecho ya consumado en muchos países del mundo para ese momento.
  El establecimiento progresivo de parques nacionales en la mayoría de los países, estuvo acompañado por otras doctrinas “científicas” relacionadas con el aprovechamiento de la naturaleza; la del desarrollismo rural, en la cual habría que alcanzar el Uso Potencial de las tierras mediante la ocupación total del territorio; a la manera de la realidad rural de los lugares donde se proponía el método, es decir, en el Reino Unido y en los Estados Unidos de América; la restauración de la naturaleza, luego de la intervención humana, por medio de la “sucesión ecológica”, se presentó como sistema de seguridad natural y espontáneo que garantiza la recuperación de lo intervenido.
  La creación de los sistemas de parques nacionales, por otra parte, ha sido interpretada como obligación cumplida, cuando un país alcanza la cuota recomendada mundialmente, en cuanto a la proporción de las áreas silvestres nacionales, así, la aplicación de las doctrinas y justificaciones anteriores, sirvieron para facilitar y acelerar la destrucción del resto de las áreas boscosas “no protegidas”.

Desmontando mitos forestales

  El parapeto científico que sustenta la idea de que los bosques son un recurso natural renovable, se desmontó con la presentación de los resultados del primer esfuerzo de comprobación de la teoría de la sucesión ecológica, realizado en las selvas tropicales húmedas de Centroamérica por el equipo mexicano del Dr. Gómez-Pompa en 1971. Los resultados demostraban la incapacidad de las especies de árboles del bosque original, para recolonizar los espacios intervenidos.
  Dos décadas mas tarde, el Dr. Christopher Uhl, corroboró estos resultados luego de un intenso y extenso programa de trabajo en la Amazonía venezolana y brasileña. Esta vez, sus experimentos y observaciones detallaron en la serie de limitaciones y cambios que limitan el regreso espontáneo del bosque y su totalidad especies, luego de un período de quemas recurrentes de vegetación.
  Los resultados de estos estudios presentan otra historia sobre el destino de las áreas silvestres perdidas, en la que los bosques nativos originales no se restaurarían, al menos en la escala humana de apreciación del tiempo en siglos. Según esta apreciación, los bosques nativos -tal como los conocemos hoy en día- son los últimos remanentes de una cobertura boscosa de existencia continuada, que se mantuvo durante los cambios climáticos observados en el planeta en los últimos 2 millones de años, cuando se alternaron períodos fríos con períodos cálidos, como el que actualmente vivimos. La transición demoró entre 2.000 a 4.000 años entre un período climático y el siguiente.

¿Cuánto conservar o cuánto más sacrificar?

  Una serie de argumentos económicos y científicos se unen recientemente a la ética de la conservación de las otras especies que nos acompañan en este experimento evolutivo del planeta Tierra. Entre estos se encuentr la eminente alarma de extinción de las maderas finas extraídas en bosques tropicales.
  Por esta razón, los países consumidores, es decir los países desarrollados, comienzan a condicionar la compra de la madera a que esta provenga de bosques sometidos a planes de manejo de impacto reducido.
  La industria química y médica, recorre las áreas silvestres en busca de productos bioquímicos para innumerables aplicaciones, que son manipuladas con las técnicas de la ingeniería genética y otras biotecnologías. Las áreas mas apropiadas para la búsqueda de genes y productos son los bosques tropicales húmedos poco intervenidos, que contienen tal número de especies que es necesario denominarlos bosques con megabiodiversidad.
  La industria de mayor crecimiento en las dos últimas décadas en el medio rural y silvestre, es el turismo, en sus variantes de turismo de naturaleza, de aventura, de culturas nativas, de pesca deportiva, entre otros. La prestación de servicios a los turistas, ocupa un gran número de personas, y su impacto ambiental es previsible y técnicamente sencillo de minimizar, su materia prima: áreas silvestres y paisajes naturales, con o sin habitantes nativos.
  Es indudable el beneficio obtenido por países que se han decidido por la opción de mantener su biodiversidad restante y promover el equipamiento para la operación turística. Tal es el caso de Costa Rica, país que actualmente supera la apreciable cantidad de 2 millones de turistas por año en sus minúsculas reservas de áreas silvestres sobrevivientes, luego de rectificar un desastroso pasado reciente de deforestaciones de bosques nativos, con fines de ampliar la frontera agrícola para el pastoreo extensivo de ganado.
  Ante este escenario de pérdida irreversible de los bosques de muy alta y mega biodiversidad como los existentes en el trópico americano, ante los muy escasos beneficios de los usos alternativos como la ganadería extensiva, pero sobre todo ante las pérdidas en potencial de aprovechamiento a largo plazo de los bosques, las especies, los genes y los productos naturales, resulta injustificable, irreflexivo e irresponsable continuar permitiendo o mucho peor aún continuar promoviendo la deforestación de los bosques restantes, dentro y fuera de los sistemas de parques nacionales.
  Es evidente e indudable el riesgo de pérdida definitiva de la diversidad de seres vivos contenidos en las áreas silvestres no protegidas por lo tanto no se puede aceptar el planteamiento de determinar cual es la proporción a conservar en cada país; porque en realidad lo que estamos decidiendo es cuanto más sacrificar, ante el hecho de que la extinción es para siempre.

El caso venezolano y la génesis de áreas protegidas

  Venezuela se incorpora a la iniciativa de crear parques nacionales en 1937. En el país se habían mantenido áreas silvestres boscosas en la mayoría de sus climas y paisajes a lo largo de un período histórico donde predominó un uso rural del territorio y pequeñas ciudades. Con excepción de los valles fértiles costeros y de montaña -ocupados desde el período prehispánico por agricultores indígenas- y los sectores semiáridos -arrasados por el pastoreo de caprinos y el saque de leña durante los tres últimos siglos- la mayor parte del territorio venezolano había sufrido pocos impactos forestales. No será sino hasta el desarrollo de la industria petrolera -que impulsa la industrialización y el crecimiento del Estado- que se vacía el campo venezolano y crecen rápidamente las ciudades. En este contexto crece el número de nuevos parques nacionales, y otras figuras de manejo de Recursos Naturales como las Reservas Forestales.
  La temprana creación del Ministerio del Ambiente y los Recursos Naturales Renovables en 1976, llevó a la elaboración de un plan estratégico ambiental nacional que desarrolló una serie coordinada de trabajos de inventario, evaluación y zonificación, para culminar con un plan nacional de Ordenación Territorial. Entre los resultados del plan nacional se crea el Instituto Nacional de Parques, el cual muy acertadamente logró la ampliación y diversificación del sistema nacional a todas las bio-regiones reconocidas en el país.
  El MARNR e INPARQUES, induda-blemente se destacaron por su consistencia y continuidad, se adelantaron en una década al menos, a las recomendaciones y lineamientos emitidos por organizaciones internacionales respecto a la gestión de los recursos naturales. De hecho, cuando en 1992 se celebró el II Congreso Mundial de Parques Nacionales en Caracas, el sistema de parques nacionales venezolano incluía ya, áreas más extensas y diversas que lo planteado como meta mundial.
  El proceso de ordenación territorial realizado por el MARNR, fue implementado territorialmente por medio de la creación de figuras jurídicas que controlan el manejo como parques nacionales, reservas forestales, lotes boscosos, reservas hidrológicas, entre otras; pero aún así, dejó fuera de toda reglamentación un aproximado de 25 millones de hectáreas de bosques, para finales de 1980 en todo el territorio nacional.

Los bosques en el momento actual

  Para el momento actual, puede destacarse la paralización del crecimiento del sistema de parques nacionales y monumentos naturales, con la justificación de no poder continuar multiplicando el número de guarda parques; en realidad, el problema es la impunidad con la que se realizan delitos ambientales sin sanción, bajo la protección de factores político-judicial- militar que se turnan en el control del medio rural con cada nuevo partido de gobierno.
  Otro hecho a destacar como un grotesco retroceso ambiental es la decisión de sacrificar los últimos bosques de las reservas forestales de Caparo y Ticoporo que se encontraban bajo planes de manejo elaborados por el MARNR en los llanos occidentales en una rapiña populista denominada “Manejo Comunitario del Bosque” elaborada por el nuevo Ministerio del Ambiente y los Recursos Naturales, MARN, que asignó, lotes del bosque virgen, el bosque manejado y hasta las plantaciones forestales, a pobladores de ciudades vecinas, quienes inmediatamente enviaron a “cuidadores” a cada porción de 200 hectáreas de bosque nacional.
  Paralelamente, durante el verano de 2003 ardieron todos los remanentes del exuberante Bosque Muy Alto de los Llanos Occidentales con toda su fauna, últimos reductos del bosque que originalmente ocupó los llanos húmedos occidentales de Venezuela y llanos orientales de Colombia, inundables, por demás y donde toda inversión se perderá en crecidas recurrentes.
  Entre los lotes asignados a algún incauto, está el conjunto arqueológico del Cerro de Los Indios, consistente en un conjunto de 4 pirámides de tierra, la mayor con mas de 25 metros y que sobrepasa el bosque alrededor, rodeadas de un sistema de camellones o vías elevadas por encima del nivel de las aguas.
  Una destrucción mas generalizada, esta vez con la anuencia del MARNR la sufrieron los bosques de la planicie del Sur del Lago de Maracaibo, donde en 25 años fueron quemados -sin aprovechar siquiera la madera- las 30 millones de hectáreas de bosque de planicie, que existieron originalmente. No se tuvo la previsión de crear siquiera una hectárea de parque nacional o monumento nacional que atestiguase la existencia de un bosque magnífico, que alojó árboles con un promedio de altura superior a los 45 metros. En este caso, las perdidas de especies son incalculables pues no se estudió, no se conservó, como si esos inmensos espacios naturales no mereciesen el mismo tratamiento o el mismo respeto que reciben los parques nacionales.
  Lamentablemente, el caso de la pérdida de biodiversidad y de la destrucción del patrimonio natural, genético y paisajístico de inmensas áreas boscosas como las mencionadas, señalan hacia un retroceso y abandono del plan estratégico nacional, que desanda el camino ambiental recorrido por Venezuela y desmonta el ordenamiento del territorio del cual nuestro país alguna vez fue pionero a nivel mundial.

* Geógrafo

   
 
 
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