Cuando la enfermedad toca nuestra vida, mejor dicho
nuestro cuerpo; sobre todo si esta enfermedad es dolorosa y terrible,
nos hacemos más profundos y más auténticos.
Sucede que el cuerpo no se enfermó así, solo por
que él lo decidió. El cuerpo de una persona viva
debe su funcionamiento precisamente a dos instancias inmateriales
una que llamamos conciencia, que es el alma. Y otra que le decimos
vida y que no es otra cosa que el espíritu. Esto que llamamos
conciencia emite la información que se manifiesta y se
hace visible en el cuerpo.
Cuando esta información no es completa, algo
nos falta y entonces enfermamos. Se perturba el conjunto, se perturban
las funciones, la armonía se rompe y viene la enfermedad.
Así que podemos decir que, la enfermedad es la pérdida
de la armonía, no obstante es también la instauración
de un equilibrio.
El cuerpo es como un vehículo para la manifestación
de los procesos y cambios que se producen en la conciencia. Dicho
de otro modo, si una persona sufre un desequilibrio en su conciencia,
ello se manifestará en su cuerpo en forma de síntoma.
El síntoma es, la señal de alarma, el grito, el
interés, la energía que nos cambia el curso natural,
el camino espontáneo de nuestra vida.
El síntoma nos obliga a atender – lo
que quiera el “paciente” o no – esa molestia
que nos fastidia y que siempre nos decimos y hasta nos lo creemos,
que viene del exterior. Esto nos produce desagrado así
que vamos directo hacia qué ? ...a eliminar el síntoma.
Oh!!! Fatalidad, eso creemos va a “curarnos”,
mas este grito, esta molestia no quiere que la eliminemos, lo
que esa molestia busca es que nos preguntemos!... ¿qué
ocurre dentro de nosotros?... Esa expresión que a gritos
nos pide atención, quiere obligarnos a conectarnos con
nuestro interior y nos presiona a indagar en él. Nos obliga
reconocer que, estamos enfermos, que hemos perdido el equili-brio,
no el equilibrio del cuerpo más bien el del alma!!!
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El
síntoma es como aquel guía que nos ayuda a entender
lo que tenemos que aprender... a escuchar, a conocer de nosotros.
Es una “luz roja de emergencia”, que nos indica que
algo sucede. Que hay algo que aún tenemos que aprender
y que si nos negamos a aprehenderlo, estará allí
para recordarnos que debemos estudiarnos, conocernos hasta que
lo aprendamos.
Quizás por ello aconsejamos a la Medicina complementaria
que no debemos sofocar o callar al síntoma, que no debemos
reprimir o esconder o tapar las emociones, porque creemos y tenemos
la concepción de que todo aquello que “sofocamos,
reprimimos o callamos vuelve al cuerpo en forma de síntoma”.
Sanarnos (lo que todos anhelamos) significa redimir
y no hay redención posible si no nos confrontamos con lo
redimible. Sólo nos curamos si vivimos y sentimos aquello
que nos falta.
Ahora no quiera usted creerse salvador del mundo,
no cambiaremos al mundo desde dogmas y posturas de iluminados.
“Si usted sabe como es el juego y ha visto su trampa, no
tiene por qué seguir jugando. Pero puede seguir jugando
si así lo desea. Lo que no tiene derecho a hacer, es estropearle
la partida a los otros”.
Cada cual tiene su forma de avanzar o conectarse.
En las terapias florales se puede encontrar Alivio!
La función del terapeuta floral es estar al lado del que
sufre y padece. Desde allí administrar las flores que necesita
para aliviar el dolor, no sólo para curar su enfermedad,
sino para guiarlo y ayudarle
a Curar El Alma.
No es poca cosa, ¿no?
* Terapeuta, acupunturista.
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