E D I T O R I A L
   

Democracia y desarrollo sustentable

  Desde finales del siglo XX las tribunas de la política han recogido un nuevo sonido que hace eco a través del mundo: el desarrollo sustentable. Presidentes, ministros, alcaldes y candidatos de las más variadas ideologías y partidos cuidan de no obviar en sus discursos las referencias al concepto de sustentabilidad ambiental. Tanto en Washington como en La Habana, en Pekín o Bonn, Rabat o Delhi, capitalistas y comunistas, desarrollados o no, sin distingo de religión, los países parecen estar de acuerdo en una noción general de sustentabilidad ecológica, en la cual el desarrollo económico y social de los pueblos debe dejar espacio a la protección del ambiente y los recursos naturales, de donde se sostiene, en definitiva, la vida del planeta.
  Pero, mas allá de las coincidencias que reúnen a la humanidad en torno al futuro ecológico, cabria preguntarse si este modelo de desarrollo sustentable requiere o implica un correspondiente modelo político. En otras palabras, ¿cual debería ser el sistema político que promueva y sustente efectivamente un modelo ecológico de desarrollo?
  Los ambientalistas y ecologistas venezolanos no son los únicos que deberían hacerse esta pregunta. Políticos y empresarios, quienes representan arquetípicamente al Estado y al mercado, deben saber que más allá de las implicaciones sociales y económicas, el reto de la sustentabilidad es además un asunto de supervivencia, cuando no de predominio político. De allí el carácter geopolítico de la ecopolítica.
  Pero este primer cuestionamiento nos conduce ineludiblemente hacia otras interrogantes que van más allá de una reflexión teórica sobre la viabilidad política de la ecología social. Nuestras preguntas cobran pertinencia particular en la etapa presente que vive Venezuela, donde el núcleo del discurso político parece resumirse en la confrontación ideológica de dos opciones: por una parte “la democracia”, sea esta social, representativa o participativa y protagónica. Opuesta a la democracia -tal como lo anuncian los dos bandos en pugna- surge el fantasma de una dictadura totalitaria, neofascista o neostalinista.- con su carga de violencia y represion politica.
  De alli que -a despecho de quienes defienden posiciones de neutralidad y asepsia ambiental- encontramos razones suficientes en este momento para confrontar la politica con la ecologia. Y nos preguntamos entonces, ¿es la democracia un requisito indispensable al desarrollo sustentable?, ¿Puede acaso existir un verdadero desarrollo sustentable bajo un regimen totalitario?, ¿puede el desarrollo sustentable -indistintamente- ir de la mano de un socialismo stalinista, de concepción militarista o de un capitalismo monopolico, gobernado por monopolios y corporaciones transnacionales?
  Ya que nuestra intención es aportar elementos para una salida integral a la actual realidad politica del país; conviene entonces un breve repaso sobre las relaciones entre Democracia y Desarrollo Sustentable.


                                          La base politica del ambiente

  Surgido del consenso mundial oficial de las Naciones Unidas, el término de Desarrollo Sustentable o Sostenible nace directamente de conceptos económicos y sociales anteriores como el eco-desarrollo y se alimenta normativamente del socialismo utópico, la democracia moderna y el sincretismo espiritual. No obstante este presunto bagaje, el concepto de Desarrollo Sustentable se encuentra en una etapa de formación y discusión. Así, el término se nos presenta por una parte amplio y esclarecedor y por la otra aséptico y anodino.
  El Informe Brundtland nos dice que, "El Desarrollo Sustentable es el que satisface las necesidades del presente sin dañar la capacidad de las futuras generaciones para satisfacer sus propias necesidades".
  Pero, ¿las necesidades de quiénes?, ¿a cuáles futuras generaciones se refiere?, ¿bajo cuál concepción sociopolítica se llevaría a cabo este modelo?, pudieran ser algunas de las preguntas para iniciar una larga discusión.
  Sin duda esta primera aproximación, contenida en el Informe de la Comisión Mundial para el Medio Ambiente (1987) era, más que un concepto, un señalamiento sobre la necesidad de cambiar el punto de vista sobre los modelos de desarrollo tradicionales. Queda implícita la necesidad de establecer estrategias ambientales de cara al siglo XXI, partiendo de la interrelación entre los factores de población, recursos naturales, medio ambiente y desarrollo. Específicamente, el Informe Brundtland señala entre los prerrequisitos para consolidar un desarrollo sostenible la necesidad de “sistemas políticos que aseguren la efectiva participación de los ciudadanos en la toma de decisiones”.
  Por su parte, "Nuestra Propia Agenda", producida por la Comisión de Desarrollo y Medio Ambiente de América Latina y El Caribe (1990), hace el primer intento en darle una connotación regional al concepto de Desarrollo Sustentable. Se enfatiza la necesidad de definir una agenda de desarrollo ambiental, partiendo de los problemas y potencialidades que ofrece el patrimonio natural de la región y estableciendo prioridades, en base a las realidades económicas y sociales presentes y a las características del entorno natural y social. La lucha por la justicia social y la erradicación de la pobreza surgen como requisitos para lograr un verdadero desarrollo sustentable, mientras que políticamente enfatizan la necesidad de “una democracia de participación, requisito ineludible para promover un desarrollo sustentable” y emplazan a la modernización de los sistemas democráticos por medio de una reforma del Estado enfocada hacia el cambio político. “Estas reformas dirigidas preferentemente a mejorar la calidad de la representación y a la apertura de nuevos y mas eficientes canales de participación, tienen como propósito profundizar la democracia, fortaleciendo la sociedad civil para incrementar su capacidad de control del Estado. Por eso señalamos que entre el desarrollo sustentable y la democracia existe un vínculo indisociable”
  Dice el Informe de la Comisión sobre Países en Desarrollo y Cambio Mundial (Ottawa, Canadá 1992): “A nivel nacional, los sistemas democráticos de gobierno y la verdadera democracia participativa son cruciales para proteger el medio ambiente y promover el uso sostenible de los recursos. Los cambios en las políticas deberían apoyar la descentralización de la planificación. También son fundamentales la libertad de prensa y la ausencia de propiedad y control monopolico sobre los recursos y la producción.” Y agrega el informe: “¿Qué forma debería asumir un gobierno nacional para asegurar que responde a los intereses y a las aspiraciones genuinas de la gente? Las dictaduras no son el sistema mas adecuado para administrar los recursos naturales y asegurar que se tengan en cuenta los intereses a largo plazo; sin embargo, los sistemas parlamentarios multipartidistas en si mismo tampoco lo son. Incluso en las democracias, es preciso examinar el impacto de las políticas ambientales y de recursos naturales existentes, y las leyes sobre participación popular en su manejo.”

  Desde la perspectiva politica del capital, nos dice el informe (1990) de la CEPAL y el PNUMA: “La acción ambiental no puede dejarse librada al azar o a los sistemas auto regulatorios del mercado. La concepción del Estado como una entidad subsidiaria de la sociedad y la economía ha demostrado ser insuficiente para aliviar la presión excesiva que se ejerce sobre el entorno”
  Otra referencia importante la encontramos en los "Tratados Alternativos" de Río ´92, donde el Foro Internacional de ONG's y Movimiento Sociales, declaraba :"Rechazamos enérgicamente que el concepto de desarrollo sustentable sea transformado en mera categoría económica, restringido al empleo de nuevas tecnologías, y subordinado a cada nuevo producto del mercado. Permitir esto significa garantizar la continuación de la pobreza y la riqueza estructurales, emergentes del modelo de civilización dominante que denunciamos"
  Pero, quizás el documento que mejor puede guiarnos a descubrir la esencia del desarrollo sustentable lo encontramos en el Programa de Acción de las Naciones Unidas para el Siglo XXI, suscrito por la totalidad de los países miembros de la ONU. Entre los 40 capítulos que conforman la Agenda XXI encontraremos, no una definición perentoria del desarrollo sustentable, pero si un plan de acción sobre una amplia gama de temas relacionados con las dimensiones sociales y económicas, la conservación y gestión de los recursos naturales, el fortalecimiento de la sociedad civil, y la implementación de medios y recursos para llevar a la práctica las acciones necesarias que deberán emprender los Estados y sociedades del planeta.

  El denominador político común al fomento del desarrollo sustentable parece residir entonces en la capacidad de los Estados y gobiernos de contar con instituciones y leyes que permitan y propicien la más amplia participación ciudadana en la toma de decisiones colectivas que determinarán el futuro de sus sociedades. En pocas palabras, regímenes democráticos con mejor representación y mayor participación.

 

 
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