Editorial

  Protóxido de Hidrógeno, alias Agua. Compuesto fundamental de la química de nuestro planeta, imprescindible para toda forma de vida. Superficial o subterráneo, el medio de agua dulce se caracteriza por su interrelación al ciclo hidrológico y por ser parte esencial de todos los ecosistemas terrestres. Sin embargo, lo que alguna vez se pensó era un recurso ilimitado, se ha convertido en un recurso de escasez creciente en lo que respecta a su disponibilidad cuantitativa y cualitativa para el uso humano, animal y vegetal.
  Tal como lo expresa el Programa 21 de Naciones Unidas, al referirse a la ordenación y aprovechamiento integrados de los recursos hídricos: "Generalmente no se aprecia la medida en que el aprovechamiento de los recursos hídricos contribuye a la productividad económica y el bienestar social, aunque todas las actividades sociales y económicas descansan en grado sumo sobre el suministro y la calidad del agua potable. Con el aumento de la población y de las actividades económicas, muchos países están llegando con rapidez a una situación en que el agua escasea o en que su desarrollo económico se ve obstaculizado."
  Tal parece ser el caso de nuestro país, donde los instrumentos jurídicos y administrativos han sido insuficientes para frenar la destrucción sistemática de los recursos hídricos. Las auditorías ambientales nos hablan de la intervención desordenada de los bosques que conforman las cuencas hidrográficas, en función de una improvisada expansión agrícola; la destrucción de los ríos guayaneses más importantes, que sucumben bajo el impacto de buscadores de oro; la contaminación por petróleo de las aguas lacustres de Maracaibo; el drenaje anárquico de los ríos agrícolas que son succionados para suplir sistemas de riego sin control alguno. El vertido a estos mismos ríos de toneladas de pesticidas, desechos industriales y excretas humanas, que viajan residualmente, contaminando los cursos de agua en su mortal recorrido hacia la mar; los embalses y represas mal planificados, con sus altísimos costos financieros y ambientales; la escasez del suministro de agua potable y la ineficacia de sistemas de saneamiento ambiental, que se traducen en sed y enfermedades ciudadanas, amén de pronosticar un colapso en las grandes ciudades del país...
  Cabe preguntarse si este balance negativo es exagerado; o si por el contrario refleja una realidad objetiva y presente, que nos afectará tarde o temprano, aún cuando de momento nos resulte incomprensible en todo su contexto social, económico y ambiental.
  Es cierto que existe un consenso primario y colectivo sobre la necesidad de proteger las aguas. Se dirá que la información, la educación y la participación ciudadana son los instrumentos para la acción en defensa del agua. Sin embargo, la racionalidad económica imperante nos impone desde arriba directrices que se expresan precisamente en modelos de desarrollo económico incompatibles con la defensa de esa naturaleza que se dice querer proteger. Por eso los políticos, empresarios e industriales, artífices de este sistema de "democracia vertical que padecemos, son los primeros llamados a dar el gran paso hacia la comprensión de la dimensión ambiental y su relación con la productividad económica y el bienestar social. Ojalá y sean capaces de ello.


 
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