Un análisis desde la perspectiva económica
Hacia una agricultura ecológica

José Sedek
 
  Desde hace algunos años se viene trabajando en Venezuela, especialmente en el ámbito académico y en varios proyectos de investigación-desarrollo, sobre esta temática de la agricultura ecológica y la preservación del medio ambiente rural.
  Para muchos, tal vez, y sobre todo para aquellos que conservan aún una percepción ingenua de la agricultura, es decir, como una actividad consustanciada con la naturaleza, la vida sana del campo, etc. es propicia la ocasión, cuando conocemos los resultados obtenidos de la gran cumbre ambiental de Río, para hacer ciertas puntualizaciones.
  Es bueno que se sepa que el modelo de agricultura comercial moderna que hoy conocemos, es uno de los más cuestionados por la crítica ambientalista actual. Este cuestionamiento se despliega en diversos planos de análisis. Veamos algunos.
  Desde el punto de vista técnico-productivo este modelo opera bajo los criterios teóricos de la
 

producción urbano-industrial, vale decir, de la especialización; de la gran escala de producción, de la integración agroindustrial, de la utilización intensiva de capital y de la producción de alimentos como una mercancía más. De hecho este modelo se despliega particularmente en las naciones industrializadas durante la postguerra, tiempo en el cual se consolida la dinámica industrialista de desarrollo en que la producción agrícola es vista más que todo como un problema de abastecimiento urbano, y, su especificidad, es al fin "sometida" por la dinámica de los procesos industriales.
  La expansión del industrialismo en la agricultura planteó de hecho la creación de una nueva agricultura y la desaparición progresiva de los elementos fundamentales de las agriculturas tradicionales, no sólo en las naciones industrializadas sino también en los países de la periferia.
  La nueva agricultura que surge, a diferencia de las agriculturas tradicionales, se estructura a partir de la especialización y artificialización de los ecosistemas agrícolas y va a apoyarse en el desarrollo vertiginoso de las tecnologías energéticas agrícolas, lo cual es facilitado por las disponibilidad a precios increíblemente bajos del principal combustible fósil, es decir, el petróleo, precisamente en esa fase histórica de mayor expansión del modelo urbano-industrial en el mundo.
  De hecho, esta nueva agricultura que se caracteriza en sus elementos básicos por conformar un paquete tecnológico, en el que destacan: la motorización de las labores agrícolas, la aplicación masiva de derivados de la petroquímica -agrotóxicos, fertilizantes-, la monoproducción en gran escala de sistemas de cultivos vegetales y animales de alta especialización, la transformación agroindustrial y el transporte de productos y derivados en grandes distancias, fue posible y es posible, por lo que se ha llamado "el cultivo intensivo del petróleo". Más que una revolución verde, como también suele denominarse a este paquete tecnológico, se trata de una revolución en la que la industria petrolera y petroquímica transnacional ha jugado y juega un importante papel de control y difusión de este modelo por todo el mundo, lo cual ha hecho de éste un modelo de aplicación universal y cuya adopción irreflexiva en muchos países ha ocasionado serios problemas en sus estructuras productivas y alimentarias, como veremos más adelante.
  Desde la crisis energética de 1973, la crítica a ese modelo de agricultura ha sido contundente. Como ha sido demostrado a través de numerosísimos estudios, la eficiencia técnico-económica de este modelo se ve afectada seriamente si se estudia desde el punto de vista del rendimiento técnico-energético. Se ha demostrado que este modelo de agricultura y ganadería consume más energía -a través del subsidio energético que se le aporta a los sistemas productivos- que la que realmente produce. Este modelo, como se aprecia, no cultiva el petróleo, al contrario, lo despilfarra. También se ha demostrado que si este modelo energético de agricultura se difundiera aún mas, con miras a saciar el hambre del mundo pobre, que por lo demás no dispone de petróleo, las reservas actuales de este energético se verían muy probablemente agotadas antes del año dos mil. A esta crítica del modelo, tan contundente, se diría casi irrefutable, se agregan otras no menos importantes, y quizás más conocidas. Entre éstas, la desertización de tierras por el uso inadecuado de la mecanización agrícola, la desestructuración absoluta de los ecosistemas naturales por la aplicación desmedida de agrotóxicos, lo cual ha acarreado no sólo la aparición de insectos resistentes a éstos y la desaparición de los benéficos, sino también la contaminación y muerte de los trabajadores del campo, la contaminación de lagos y ríos, muy especialmente la contaminación de alimentos con estas sustancias que son altamente cancerígenas.
  Sería muy extenso explicar, aunque es fácilmente comprensible, por qué este modelo que fue concebido y creado para ser aplicado en el marco de sistemas ecológicos de clima templado y de acuerdo a demandas específicas de un determinado tipo de desarrollo urbano industrial, fue aplicado y continúa siendo aplicado, casi sin mediación alguna, en nuestros países, especialmente en los países tropicales, cuyos sistemas ecológicos por sus características, estructuración y diversidad, difieren

radicalmente de aquellos del hemisferio norte. Aquí, como lo ha señalado muchas veces el profesor Francisco Mieres, el "ilusionismo industrialista" nos ha jugado una nueva treta, pero que sin embargo es una responsabilidad que carga sobre sí el estamento político científico-tecnológico, en nuestro caso venezolano.
  La crítica a este modelo casi obsoleto, aunque muchos no lo admitan en nuestros predios, obcecados como están por los mitos de la economía neoliberal y de la economía agrícola convencional, ha permitido establecer nuevos enfoques, visiones estratégicas de carácter alternativo, cuya misión fundamental es rescatar la especificidad de los procesos productivos agrícolas apuntando hacia la sustentabilidad de los ecosistemas y, por ende, de la preservación de los recursos naturales.

Profesor José Sedek. UCV - UCLA

 
 

 
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