Durante el pasado mes de febrero se celebró en Mérida
el Seminario Internacional de Agricultura Ecológica, organizado
por el Instituto Para la Investigación de Agricultura Tropical
y la Embajada Británica en Venezuela.
Este evento, reseñado por la prensa local y nacional,
contó con la participación de numerosos directivos
de las Escuelas de Agronomía de diferentes universidades
del país, de instituciones como Fusagri, Fonaiap y hasta
ex ministros y parlamentarios preocupados por el futuro de un desarrollo
de una agricultura sostenible para nuestro país.
Como era natural en un seminario de esta naturaleza,
el tema de los agroquímicos estuvo en la palestra de las
discusiones. Los ponentes extranjeros (estadounidenses, británicos,
mexicanos, colombianos, brasileros) y sus contrapartes criollos,
enfatizaron las características negativas del uso de agrotóxicos
en la agricultura, y se extendieron en sus explicaciones sobre las
consecuencias físicas, biológicas y sociales del uso
de venenos agrícolas, tanto en el plano económico
y ambiental, como en el de la salud humana.
Llamó la atención, la presencia soterrada
de uno de los representantes de la industria agroquímica
internacional: la Imperial Chemical Industry, ICI; quienes preocupados
por el desarrollo de un incipiente movimiento ambientalista se tomaron
la molestia de abandonar sus cuarteles generales en Maracay, con
el propósito de defender sus intereses comerciales y las
supuestas bondades de los venenos que ellos comercializan.
En este caso, la angustia de los ejecutivos de la ICI
los llevó hasta el extremo de pretender armar espasmódicamente
una suerte de "evento paralelo" en la misma ciudad de
Mérida - el cual por cierto nunca llegó a cuajar -
aduciendo que el Seminario de Agricultura Ecológica no les
había permitido expresar a cabalidad sus puntos de vista.
Resultó no menos que irónico empresa transnacional,
al referirse a sí mismos como víctimas de una campaña
informativa malintencionada e injusta; donde los villanos, por supuesto,
serían intransigentes ambientalistas sin formación
científica alguna, que persiguen oscuros intereses.
Lamentablemente para las transnacionales de agroquímicos
y para sus gerentes regionales en países como el nuestro
los estudios e investigaciones científicas sobre las consecuencias
perjudiciales en el uso y abuso de agrotóxicos está
más que comprobado.
De igual manera, ya pasó la época en que
bastaba explotar una imagen de los ambientalistas como seres ignorantes
y fanatizados, en favor del argumento del uso seguro de venenos
agrícolas.
No fue por pura coincidencia que el discurso del Dr.
Arnoldo José Gabaldón (parlamentario venezolano de
reconocida fama internacional y Comisionado Presidencial sobre asuntos
ambientales), pronunciado durante el primer día del Seminario
de Agricultura Ecológica, hiciera referencia al impacto que
sobre el medio ambiente planetario tienen las prácticas agrícolas
modernas. Entre tantos ejemplos que citó, el Dr. Gabaldón
se refirió directamente a la utilización de sustancias
venenosas, como el Gramoxone y Paraquat, que no solo contaminan
los cursos de agua dulce y destruyen la fertilidad de los suelos,
sino que tienen terribles y prolongados efectos sobre la salud humana.
Es cierto que los patrones actuales de manejo agrícola
hacen muy difícil una conversión instantánea
hacia una agricultura ecológica. Pero no es menos cierto
que la transformación hacia una agricultura sustentable debe
comenzar desde ya. Así lo plantea el Programa de Acción
Ambiental de la Agenda 21 producido por las Naciones Unidas durante
la Conferencia de Río.
Tal como lo expresa el Capítulo 14 de ese documento,
en el subtítulo referido a la lucha integrada contra las
plagas agrícolas: "Los gobiernos, al nivel que corresponda
y con el apoyo de las organizaciones internacionales y regionales
competentes, deberían: a) Consolidar y armonizar la información
y los programas existentes sobre la utilización de plaguicidas
prohibidos o muy restringidos en diferentes países".
Empeñarse en argumentar a favor de ciertos venenos
agrotóxicos, aduciendo una supuesta ecuanimidad de criterio
en el manejo tecnológico de la agricultura, significa asumir
las posiciones más retardatarias; pues como bien lo saben
los representantes de las numerosas empresas agroquímicas,
con base en nuestros países tercermundistas, aquí
se venden productos que están prohibidos en sus países
de origen.
Una primera razón a esta situación se
explica en base a criterios meramente económicos, pues las
transnacionales agroquímicas intentan sacarle el jugo comercial
a lo que significaron cuantiosas inversiones en investigación.
La otra razón radica en la poca vigilancia e interés
de los gobiernos locales por reglamentar el uso de estos venenos.
En este sentido, la actitud agresiva de los ejecutivos
de la ICI no hace sino confirmar los argumentos ambientales en pro
de una agricultura ecológica que busca incrementar la producción
de alimentos más sanos, de una manera que no destruya los
recursos naturales que le sirven de base de sustentación.
El diálogo entre los representantes de la industria
agroquímica y los ambientalistas debe partir del reconocimiento
de los numerosos estudios científicos avalados por el Programa
de Naciones Unidas sobre Medio Ambiente y proseguiría hacia
formas de negociación que incluyan transferencia tecnológica
ambientalmente sustentable, las cuales podrían finalmente
quebrar el círculo vicioso de dependencia agrotóxica
creado por el uso de estos mismos venenos.
Si bien esto representaría un bien incalculable
para la humanidad, en términos concretos significa la pérdida
de millones de dólares de ganancia para las compañías
transnacionales de agroquímicos. Sólo el tiempo dirá
cual es su disposición a un verdadero diálogo.

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